LAS RELACIONES: ¿Qué espero de una pareja?

LAS RELACIONES: ¿Qué espero de una pareja?

Nuestro guion políticamente correcto podría ser éste: Terminar los estudios, encontrar trabajo, tener una pareja estable y llegar a formar una familia. Happy End. Punto final. Entonces ya podré decir que soy feliz, que estoy completa y realizada.

Trabajo, marido, hijos. La trilogía del éxito, la realización y el bienestar.
Gran error de base, de punto de mira, de creencias y un desconocimiento de lo que es la felicidad.

Seguimos viviendo en una cultura donde prima el tener. Tengo trabajo, dinero, coche, casa, pareja, hijos. Hasta la suegra da categoría, porque «abulta», suma en el «haber» (aunque le hubiéramos restado más de una vez).

La filosofía de acumular cosas, personas, lugares, instantes es lo que vende. Y no sólo basta tenerlos, sino que hay que inmortalizarlos en nuestra mente y en la de los demás gracias a las consabidas redes sociales. Y uno de los problemas es que muchas veces nos pasamos más tiempo anticipando, «fotografiando» y valorando los momentos que viviéndolos en realidad. No estamos presentes, ni somos protagonistas. Somos simples observadores de lo que mostramos a los demás esperando su aprobación.

En cuanto a atesorar personas a modo de followers, de las cuales esperamos sus likes, habría que destacar que, aunque compartamos momentos, experiencias, emociones, NO, no son nuestras. Juan, Pedro o Aitor, no son míos, no me pertenecen por el hecho de estar cocreando una historia común. Y viceversa. Aunque seamos pareja, yo tampoco soy su posesión. Sólo forma parte de mi vida o, mejor dicho, de la nuestra, la que va surgiendo de manera «temporal.». Esa temporalidad puede ser de 4 meses o 40 años, y el primer caso no es menos válido que el segundo.

¡Qué daño inconsciente hace definirles como «mi marido», mi chico, mi ex! Ya, ya sé que es una forma de hablar y una manera de aportar información de manera abreviada. Pero mi cerebrito lo pone en el apartado de «me pertenece, le exijo y para siempre”! De un día a otro pasa de ser Alberto a ser Miiiii Parejaaaaa. Mi, mi, mi. Ya puedo empezar a exigir, ya me puedo enfadar. Bienvenidas expectativas frustradas, celos, sentimientos de vergüenza ajena, ansiedad, miedos. Adiós serenidad, empatía, tolerancia y desapego.

Parecido pasa cuando somos padres. Nuestros hijos no son nuestros. No nos pertenecen, aunque dependan de nosotros y nos necesiten para muchas cosas. Somos responsables de ellos. Es decir, tenemos que responder de ellos, pero son seres individuales con otro código genético diferente, con sus patrones emocionales y conductuales, con sus virtudes y talentos.

Por lo tanto, cojamos distancia de estos dos focos tan intensos que nos traen siempre un cúmulo de emociones excesivas, y empecemos a despegarnos manteniendo nuestra propia identidad.

  • Hoy me quiero centrar más en el tema de la pareja.
  • Estar en pareja. ¿Qué significa?

Por cierto, pareja = 3 elementos ⇒ Tú, Yo y la Relación que se crea.

No todos pensamos exactamente lo mismo. Actualmente, cada una de vosotras puede tener una idea diferente en cuanto a cómo concibe la relación y qué espera de ella. Es un buen ejercicio mental preguntárnoslo.
Ahora, en este momento de mi vida, ¿Qué espero de una pareja? De manera más práctica, la pregunta sería: ¿para qué quiero una pareja? Son frecuentes respuestas como:

  • Compartir.
  • Estar acompañado.
  • Que me aporte y no me reste.
  • Ser feliz.
  • Que cubra mis necesidades.
  • Alguien en quien apoyarme.
  • Formar una familia.
  • Que me complete, etc.

Por otra parte, parece que, si ésta pregunta nos la hiciéramos antes de ser madres, por ejemplo, variaría algo. Y con los años y experiencias, también va cambiando.

Y ahora, después de un divorcio, por ejemplo. ¿Qué respuesta daríais?

  • ¿Necesito una pareja? ¿Por qué? O, mejor dicho: ¿Para qué?
  • ¿Qué son aquellas cosas que no puedo hacer sin estar en una relación afectiva?

Y enlazando con el tema de la «posesión/pertenencia»:

  • ¿Cómo os ha influido en vuestras relaciones «la puesta en marcha de ese botón de la exigencia por pertenencia»? El compromiso, el formar parte de mi vida, el tener que cumplir unas normas, aunque sean tácitas, unos mínimos pactados, ¿Cómo influye en la convivencia, en la relación?

Es cuando empiezan los «eso es intolerable» «no debería comportarse así», «debería ser más sensible, atento, sincero”, “me decepciona”, “es frustrante”.

Siguen los errores.

El otro no está para satisfacer o cubrir nada en mí. No nos completa porque ya venimos completitos de fábrica.

No nos puede hacer felices porque ésa es una habilidad individual que depende de la actitud de cada uno. No puede satisfacer nuestros deseos porque muchas veces no somos conscientes ni de lo que nos gusta o nos motiva. No nos conocemos en absoluto.

Entre otras cosas porque hemos pasado de ser «hijas de» a «mujeres de» «a madres de», a «ex de». Hemos sido personas absorbidas por un rol. Un rol influido por la cultura y la sociedad. Impuesto desde la infancia, donde adoptamos nuestra máscara necesaria para sobrevivir, para que nos quieran, para sentirnos aceptados.

Si hacemos un poco de historia nos encontramos con el modelo «disfuncional de “hija perfecta”.

Esa niña debía agradar, no molestar, cuidar a los demás (incluidos a veces sus propios padres), debía ser frágil a veces y fuerte otras, femenina, moldeable, protectora, generosa, sutil, virtuosa, no conflictiva, silenciosa en algunos momentos y comunicativa en otros, alegre, responsable, estudiosa,… Suma y sigue.

Bien. ¿Ésa era yo, o era lo que esperaban que fuera?;¿Era el disfraz que me ponía para no disgustar y cumplir las expectativas de mi familia, de mi profesor, de mi entorno? ¿Me sentía cómoda o era solo una máscara que utilizaba para asegurarme su atención, afecto y reconocimiento?

Con esos ropajes tan poco «favorecedores, pesados y atemporales” poco se puede avanzar. Sobre todo, porque toda esa capa de «debería ser y de máscaras» impiden la primera clave de la autonomía (personal y afectiva): el autoconocimiento. Me creo que soy así y que así seguiré, nunca cambiaré.

Cuando en consulta animo a alguna mujer a que verbalice su nombre completo seguido de lo que le gusta, es o necesita, suele mostrar una intensa emoción y un “ya no me acuerdo”. Vivimos totalmente desconectadas de nosotras como personas.

Si no sé cómo soy realmente, no puedo aceptarme, no puedo desarrollarme, ni saber qué recursos tengo, ni en qué destaco. Tampoco conozco mis sombras, con lo cual, las lanzaré al primer «candidato heroico» que pase por mi torreón ficticio, culpabilizándole de todo lo negativo que no acepto de mí y esperando que compense todo ese cúmulo de «carencias no vistas o no admitidas».

Ya estamos pidiendo, necesitando y por tanto dando el poder de mi bienestar al otro. Le acabamos de conceder nuestro mando a distancia, nuestro pin, nuestro puk y todo el abecedario estratégico. Estamos perdidas. El que queremos que nos salve, puede ser también el que acabe con nosotras. On y Off.

«Hazme feliz, libérame de mi misma, ilusióname, quiéreme para que yo me quiera, acéptame para que yo no me rechace, cubre mis necesidades para no tener vacíos».

El mundo al revés

Hasta que yo no me conozca, no me acepte con todos mis rasgos menos agradables, (comunes a todo hijo de vecino), no sólo no podré valorarme y respetarme, sino que tampoco podré hacerlo con los demás.

¡Cómo vamos a dar algo que no tenemos o no practicamos!

Me he detenido en el tema del autoconocimiento y la aceptación porque es uno de los pilares de la relación de pareja.

Primero autoaceptación para llegar al auto-respeto y la autonomía afectiva o desapego. A partir de ahí podremos querer sin depender, sin necesitar, aunque prefiriendo estar con alguien sin ansiedad ni miedo a perderlo.

Pero para llegar a ese punto, que sería «grado universitario», debemos pasar por todos los cursos anteriores. Y en esos cursos afectivos previos, hasta ahora, sólo hemos tenido asignaturas prácticas del tipo «debo tener pareja», » si no gusto a menganito es que soy poco simpática, atractiva o inteligente.» “una mujer debe tener hijos para ser feliz”,etc. Todas ellas sustentadas por creencias como:

  • el fin de una mujer es la maternidad,
  • una mujer necesita una pareja en su vida,
  • el matrimonio es para siempre y si no, es un fracaso…
  • Seguid vosotras…

Está bien aprender con la experiencia, de hecho, es la única manera. Cada «otro» nos enseña algo de «uno mismo», a modo de espejo.

Pero ¿Qué pasa con el aprendizaje basado en la reflexión sobre lo ya experimentado? ¿Qué hay de las nociones de lo que es una persona autónoma afectivamente hablando, de los patrones de dependencia, de lo que es una relación sana, de lo que No es amor, de lo que Sí tengo derecho a hacer o a rechazar, de que priorizarme no es ser egoísta, del concepto de «mujer autorrealizada» y tantas materias que aún ni siquiera figuran como extraescolares?

Si combinásemos, a lo largo de nuestra trayectoria vital, autoaceptación incondicional, autonomía afectiva y el concepto real de lo que es una pareja sana, nos ahorraríamos mucho sufrimiento en este terreno.

Sé que para llegar a eso hay que tener experiencias, años, historias, pero si las vivenciamos con esos recursos, aunque sean «teóricos», el camino sería diferente.

Nunca es tarde para pararse, salir de escena (a veces nos sacan de ella) mirar hacia dentro, abrazarse, entenderse y comenzar a ser como queremos ser. Marcarse el objetivo de ser completa y autónoma a pesar de dejar de tener esto o aquello, a menganito o a fulanita. Y todo esto depende de cada una de nosotras. Eso sí… hay que currárselo. El crecimiento duele, pero con un buen botiquín cerquita (amigos, aficiones, familia, recursos psicológicos, actitud realista, etc.), práctica y paciencia se logrará más fácilmente.

Si te apetece trabajar el tema de la autoaceptación, el desapego, emociones como la frustración, la ansiedad, el miedo, la rabia, la tristeza, la culpa entre otros temas, puedes contactarme por Messenger o por email (asesoramientopsiconline@hotmail.com).

Tarifas muy reducidas para las ¨teamers de la Asociación”

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Ana Olaizola

Psicóloga de la Asociación Española de Madres Separadas

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